Ahora me doy cuenta, de que no hay razón para descalificar un centro tan infinitamente interesante como lo es el centro de Santiago de Chile. La mala manía que muchos tenemos de no mostrarnos atraídos hacia el centro de una urbe que poco tiene que envidiar al de sus pares, produce muchas veces el alejamiento intelectual y la desconexión que los suburbios, meticulosamente, se han dedicado de programar en la cabeza de cada santiaguino que no vive en las cercanías de la propia ciudad. El “miedo”, la “lejanía” o la “suciedad” se han encargado de auyentar a la mayoría de las oficinas, corriéndolas al nuevo centro financiero de Santiago. Centro, hmm.
Así es SCL, mi ciudad. Una gran capital Sudamericana. Subrayo lo de “sudarmérica” por que muchos parecen olvidar que esto es Sudamérica, el hermano un poco mas grande de África. El new rich del mapa, dónde el fútbol, la droga y la violencia es el desayuno completo de gran parte de los que la habitan.
Santiago se ha mostrado distinto para mí estos meses. Me he dado cuenta de aquello debido a mi nuevo traslado laboral, donde me moví afortunadamente directo al corazón de una ciudad que no para de respirar, aún cuando las nubes de smog entorpezcan las vías respiratorias de su fauna, cada esquina habla y detalla un detalle que aliña cada metro recorrido.
Todo el día la rotación de gente es distinta. Por la mañana todos van somniolentos caminando por las veredas, abrigados hasta las cejas con las mas variadas formas de abrigo, en toda la gama de colores que uno se pueda imaginar y con los mas originales estilos de tela de todo el mundo. Se vende de todo: Desde pequeños artefactos para picar cebolla y repollo en forma de corazón, antenas de televisión, cortaúñas, tarotistas y lentes de contacto. Ahí entremedio de toda esta gran cantidad de obstáculos, que poco espacio dejan para el transeúnte, viene la etapa de hacer el quite al trillón de ciegos que caminan y pololean entre ellos. Algunos cantan de la mano con un sombrero para echarle algunas chauchas, otros astutamente se paran fuera del “Dominó” a hacer las propinas necesarias para comprarse un cafecito.
La segunda pata del “slalom” matutino son los lustrabotas. Caminan silenciosos con sus oficinas a cuestas. Si no miras hacia abajo, no te enterarás nunca que existe un submundo a la altura del ombligo, en donde las conversas con los infinitos ociosos que decoran el centro, a esas horas, ya son mas que acaloradas. Compran los diarios al mismo kiosquero, todos los días, a la misma hora y las mismas tres ediciones diarias de La Cuarta, Las Ultimas Noticias y La Tercera. Por ahí algún lustrabotas mas intelectual que compre “Le Monde Diplomatique”, que apunta a atender a los gélidos gerentes mas izquierdoides y románticos que los clásicos que buscamos ver una pechuga o algún cahuín farandulero mientras nos hacen cosquillas con un cepillo y pasta de zapatos.
El siguiente hito es el más famoso restaurant del centro, “El Dominó”. Entrañable a esas horas, hierve como si fueran las 13:15 de la tarde, donde por $1.650 pesos (algo así como 3.5 dólares gringos) te puedes tomar un “vitamina” (jugo) de naranja o aliado (zanahoria naranja), una paila de huevos revueltos, 3 tostadas y un té puro mientras se escucha el buenos días a todos de fondo. Nunca está demás algún guerrero que, evitando caer en el sopor, combata una caña tomándose una buena cerveza para completar este desayuno de campeones.
Después de hacer todo esto en 15 minutos de mi día, llego al ascensor, operado por los mas variados personajes, donde un cartel que dice “por favor, no quitarse el sombrero para comodidad de sus pasajeros” me saca la última sonrisa antes de empezar otro interminable día de trabajo.
Como ven, hay ciudad y para rato. Aún cuando en mi pequeño paseo matutino describa pequeñeces sin mucho sentido, ya más entrada la noche salen los gatos mas negros de todos, ofreciendo otro espectáculo, digno de libros y de películas, del que dejaré espacio para otra media horita de cuentos.
Muy buena descripción del centro capitalino!
buen post cabe, yo también tengo la oportunidad de trabajar en el centro y la verdad es que me encanta. uno sale a la calle y se siente más vivo que nunca. grande santiago
Bueno bueno bueno
andrés, desde las entraaaañas encuentro, me encanto, te extrañaba, y sí, a mí tb me encanta nuestro centro, nuestra ciudad, nuestra raza y nuestro país, jaj, y nuestra cordillera se luce en estas fechas ah, impresionante como nos da